¡Silencio! El viento perpetúa la agonía.
Urnas vacías, tesoros enterrados
y el polvo que les cubre.
La sed consume al hijo hambriento,
las ubres secas de la madre muerta.
Las frías noches mecen nuestros sueños,
un canto de amor que endulza las lágrimas.
¿Aplacará el dolor tan bella melodía?
No pidas respuestas, la fuente ya está seca.
Nuestras almas mueren y, con ellas, toda la humanidad.
Son días pálidos con noches sin estrellas.
Son ecos de gritos apagados… de dolor.
Pero, un momento, ¡no os vayáis todavía!
Pues la tormenta ha dejado paso a la cordura.
Mas, ¡no la miréis! Violaría a vuestras madres,
quemaría a vuestras mujeres y devoraría a vuestros hijos.
Eso sí, no habéis de temer por vuestras almas,
pues aún conserva una envidiable dignidad.
Y una vez más, llega el alba con prisa
por bañar nuestras almas desiertas.
Pero no curará heridas eternas, ese es un milagro
que sólo las madres pueden realizar…
Oficio de dioses y no de hombres. ¡Qué pena!
No, amigo. No te lleves a engaños por esta reyerta,
pues no son fiebres lo que debilitan a esta alma enferma.
Es la ausencia, ¿lo ves? La ausencia.
Será que la pluma no escucha ya a las palabras y,
al menos, la voluntad fue dicha. Que así sea.
1995
1 comentario

Tú, que acertaste a naufragar en estas pàginas perdidas, quizás deberías saber... que todos mis invitados gozan aquí de las siguientes virtudes:
Qué dolor…¡XX!
O.
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