Me desperté aún fatigado por el intenso esfuerzo del día anterior. A través de la ventana, la luz penetraba pura iluminando sólo parcialmente la estancia, devolviéndole poco a poco la vida que la oscuridad de la noche le había robado. Por momentos, ese pequeño mundo que era mi habitación parecía reconstruirse ante mis ojos medio abiertos o, debería decir, medio cerrados. En ese instante tuve la sensación de que el día se preparaba para una nueva función. El reloj marcaba casi las siete y media de la mañana. Quizás me había colado en el teatro antes de tiempo.
Mientras me levantaba, miré de nuevo al reloj culpándole por mi corto descanso. Es curioso cómo estos pequeños dioses, a fuerza de latidos inhumanamente matemáticos, marcan el ritmo de nuestros pasos. Mientras preparaba el café, traté de hallar una manera de engañar al paso del tiempo. Un ardid capaz de devolverme, al menos, mis mejores momentos. De retenerlos para siempre como parte del presente. De evocarlos con un grito de ayuda en los peores momentos, como un ángel capaz de evitar que el tiempo se escurriera como agua de lluvia entre mis manos.
Con el café aún a medias, me levanté y puse algo de música. Mejor dejar que las pausadas notas del adagio que una vez soñara Albinoni conquistaran los pobres pensamientos que poblaban mi mente… ese ritmo lento con el que nos desvanecemos. Constante e irrefrenable. Cruel e irremisible. Esa fuerza que nos empuja con firmeza hacia la muerte.
2001
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