En sus sueños, Pierrot muere una y otra vez. Sus ojos se cierran cada noche para recibir con serenidad el frío abrazo de la muerte. Sabe que este será de nuevo el último día de su vida y, aún así, sonríe mientras avanza sin miedo hacia la oscuridad.
A su paso, la seda caida que viste a los idiotas le indica la dirección en la que sopla el viento. Un viento que hoy tampoco le será favorable. Por eso, en sus velas abiertas brillan los agujeros con los que achicar la realidad. Y, allí, divisando el horizonte en busca de su amanecer, es invencible.
Esta noche su viaje no hecho más que comenzar y, sin embargo, está ya tan… tan lejos.
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